miércoles, 14 de diciembre de 2011

Tarde

Me despedí con un beso y salí de su casa. El clima es horrible. Lluvia fina y copiosa, faltan menos de diez días para el verano y la temperatura no es baja. Las 20 cuadras hasta la estación de trenes las hago a pie. No estoy apurada por llegar a casa, además, desde que soy una desempleada casi sobra el tiempo. Camino tarareando canciones e imaginando cómo es que algunas personas me escucharán con la boca abierta el día que aprenda a tocar bien el violín. Las 20 cuadras pasan volando y ya estoy en la mugrienta estación de trenes haciendo cola para sacar el boleto y con los pies llenos de barro. Calzo ojotas y en el trayecto pisé varias baldosas flojas. Abrazada a mi cartera subo al tren. La semana anterior me robaron, intento evitar otro episodio desagradable. Cuando estoy por llegar a la estación en la que debo bajar me entero que el tren es rápido y debo seguir hasta la estación siguiente. Una pasajera me dice que lo anunciaron por parlante algunas estaciones antes pero voy tan entretenida pensando en el violín que no escucho nada. Bajo en X y aún sigue lloviendo. Tomo un bondi que me deja a 2 cuadras de casa. Al llegar y mientras espero que la compu encienda busco entre viejos libros de la biblioteca la mitad de un señalador que perdí hace más de 15 años y que pienso que algún día volveré a encontrar. Suena ridículo. Todavía no entiendo cómo o dónde se perdió.